Viaje de la certeza

Episodio 23 – En busca de pruebas para el mito

Fósiles, órganos vestigiales, ADN y embriones: Eyad Qunaibi ofrece un panorama crítico de las pruebas que se presentan a favor de la evolución.

Que la paz sea con ustedes. Vengan, hermanos, les contaré la historia de quienes quieren demostrar sus falsedades por cualquier medio. ¡Qué desdichados parecen, de fracaso en fracaso, perseguidos por la verdad! Pero no teman: no nos entristeceremos con ellos, porque su historia contiene mucho humor. Súbanse con nosotros.

En los dos episodios anteriores vimos cómo Darwin asentó los elementos de su mito al borde de un precipicio que se derrumba; después, sus seguidores edificaron sobre él y se desplomaron con él en una oposición aún mayor a la razón y a la ciencia. No se trata de errores corregidos ni de lagunas cerradas, sino de brechas ensanchadas y de una cabra aunque vuele. Las modificaciones de la teoría no hicieron sino aumentar el carácter mítico y la contradicción con los descubrimientos.

Te dicen: «Pero esta teoría tiene pruebas, y después de Darwin vinieron otros a reunir más pruebas». Veamos los grupos de las supuestas pruebas.

Las supuestas pruebas de la evolución

La primera prueba: los fósiles (Fossils)

Según Darwin, los seres vivos evolucionaron desde un origen común, o desde unos pocos orígenes, mediante una gradación lenta. Por tanto, se supone que deberíamos ver esa gradación en la realidad. Sin embargo, entre ellos encontramos grandes diferencias, enormes vacíos y límites aislantes. ¿Dónde están, por ejemplo, los seres transicionales entre reptiles y aves? No existen en la realidad.

Darwin reconoció que eso contradecía sus fantasías, y lo compensó imaginando que aquella gradación y los seres transicionales habían existido en el pasado. Por ello tendríamos que encontrar sus fósiles y sus cuerpos petrificados bajo tierra. No hay justificación alguna para esta mudanza, esta huida de la superficie terrestre hacia debajo de ella. Pero bueno, bajemos con Darwin bajo tierra.

¿Qué imaginó Darwin que encontraríamos? Imaginó que, en las capas profundas de la Tierra, hallaríamos fósiles de organismos primitivos de estructura sencilla. Cuanto más subiéramos por las capas terrestres, encontraríamos fósiles de organismos extinguidos de estructura más compleja que representarían las fases transicionales, hasta llegar, en las capas más altas, a fósiles de organismos que existen entre nosotros hoy.

Darwin garabateó estas fantasías en sus libros y predijo que debía haber una cantidad innumerable de organismos transicionales extinguidos enterrados en las capas de la Tierra. Es decir: aquí habría un organismo simple con el que comenzó la vida, y lo encontraríamos en las capas profundas. Cada punto de esta línea representa un organismo extinguido: aquí uno, otro, otro, y así sucesivamente... Luego, aquí, un organismo evolucionado como el dinosaurio, por ejemplo, pero extinguido hace mucho; por eso lo encontraríamos muy abajo en las capas de la Tierra. Entretanto hallaríamos innumerables organismos transicionales entre el dinosaurio y las aves, hasta ver en capas superiores a los organismos que viven entre nosotros hoy, y así sucesivamente...

Estos eran los sueños de Darwin, lo que deseaba ver para afirmar que su teoría era verdadera. ¿Qué encontró en realidad? Encontró todo lo que frustraba sus sueños.

Primero: un gran número de organismos sumamente complejos apareció de repente en lo que se conoce como la capa profunda de la era cámbrica de la Tierra; por eso llamaron a esa aparición súbita la explosión cámbrica (Cambrian Explosion). Estos organismos no mostraban un origen común más simple, como soñaba Darwin; no se extinguieron ni evolucionaron hacia organismos más complejos, sino que siguen siendo los mismos hasta hoy. Para comprender el grado de complejidad de las criaturas de la era cámbrica, basta contemplar el ojo de los fósiles de un trilobite (Trilobite), formado por cientos de pequeños ojos complejos que funcionan de manera integrada y siguen siendo los mismos hasta hoy.

Segundo: Darwin encontró que los organismos transicionales no eran innumerables, como exigía su mito; no existían. Por tanto, todas las pruebas iban contra los garabatos de Darwin. ¿Ignoraba Darwin esto? No lo ignoraba. Algunos pueden pensar que esos descubrimientos llegaron después de Darwin, pero la verdad es que eran de su época, y él habló extensamente de las criaturas de la era cámbrica. También preguntó por la ausencia de seres transicionales: «Puesto que, según esta teoría, debieron de haber existido en el pasado innumerables formas de organismos transicionales, ¿por qué no las encontramos enterradas en cantidades innumerables en las capas de la Tierra?»

Excelente. Entonces, ¿despertaste de tus sueños, Darwin? ¡No!... El mito tenía que continuar. En vez de titular estas confesiones «El registro fósil frustra mis sueños, como los frustró lo que está sobre la tierra», las tituló en su libro: «On the imperfection of the fossil record», es decir, la imperfección del registro fósil. ¿Imperfecto? Bien, si después descubrimos algún fósil, ¿no dice la razón, Darwin, que debemos interpretarlo según los principios claros que ya se nos han manifestado? ¡No! Darwin dijo a quienes vendrían después: «Busquen cualquier cosa que admita explicaciones múltiples para golpear esos principios claros; traigan cualquier brizna de paja con la que ocultemos la luz del sol de los ojos de la gente».

Y así, los fieles soldados de Darwin salieron tras él a buscar los supuestos seres de transición, ignorando que el mito de su maestro exigía un número incontable. Buscaban siquiera una cabra voladora, donde fuera, a la que aferrarse. Pasaron de un fracaso a otro. Cada vez que afirmaban haber encontrado un ser de transición, aparecían investigaciones que demostraban de forma cómica que se trataba de falsificaciones, mentiras o interpretaciones erróneas: el dinosaurio volador Archaeoraptor, el Archaeopteryx, el celacanto, el Tiktaalik, el cráneo del hombre de Piltdown y los huesos del hombre de Java; después, fósil de Lucy (Lucy), su amiga el fósil Ida (Ida), el fósil Ardi (Ardipithecus) y muchos, muchos otros...

Como si dijeran: «No escuchen las pruebas del universo sobre Dios y hagan ruido contra ellas, quizá así venzan». Todo esto y otras cosas, como mostraremos detalladamente, si Dios quiere, revelaron una tras otra su falsedad, su engaño deliberado o la distorsión de su sentido. Pero cada mentira fue empleada durante un tiempo para reanimar el mito.

Para que no se depriman, hermanos, ante este triste espectáculo y estas historias de fracaso, veamos algunas escenas cómicas representadas por los protagonistas de la serie del mito de Darwin.

En (1922), los amantes del mito encontraron un molar en Nebraska, Estados Unidos. Sí, ¡un molar! Lo consideraron una prueba importante de la evolución y, basándose en él, dibujaron a un semihumano que, dijeron, había vivido hace (6) millones de años. Le dieron un nombre científico y la conocida revista Science publicó un artículo científico revisado sobre aquel gran descubrimiento. Pero, después de (5) años, se comprobó que aquel diente era de cerdo. La misma revista Science publicó una rectificación de lo que había aparecido en su artículo anterior.

Después, en (1979), los amantes del mito hallaron un hueso y dijeron: «Encontramos la prueba: es una clavícula de un semihumano que vivió en un tiempo remoto». Luego se comprobó que era parte de una costilla de delfín, como publicó la revista New Scientist después de (4) años.

Después, en (1982), tres de los científicos amantes del mito encontraron una parte de un cráneo y se llenaron de alegría: «¡Aquí está la prueba, por fin!». A partir de aquella parte del cráneo dibujaron a un semihumano que, dijeron, murió a los (17) años. Estimaron que había vivido entre (900) mil y (1.6) millones de años atrás. Lo llamaron hombre de Orce (Orce Man) y le asignaron un lugar en la supuesta escala de la evolución. ¡Este descubrimiento fue llamado «el descubrimiento del siglo»! Se celebró una conferencia de prensa a la que asistieron grandes personalidades, hubo festejos y noches de alegría. Pero la alegría no se completó: después se comprobó que era el cráneo de un asno joven. Aquellos hombres se convirtieron en motivo de burla para las revistas satíricas.

Así caminan los amantes del mito por llanuras, montañas, basureros y cementerios, buscando sus orígenes en todo lo que pisan sus pies: en molares de cerdos, costillas de delfines y cráneos de asnos, como un pobre alucinado que toma una escupida por una moneda. Todo esto por el mito. Esta es, en resumen, la historia de la prueba de los fósiles. Les recuerdo, hermanos, que este episodio es una exposición rápida de lo que detallaremos en próximos episodios, si Dios quiere.

La segunda prueba: las huellas del azar en órganos sin utilidad

Darwin, en su libro «El origen del hombre», publicado después de «El origen de las especies», mencionó numerosos ejemplos de órganos atrofiados, inútiles en el cuerpo humano, como prueba de la evolución, y los llamó «Vestigial organs». Su razonamiento era que, puesto que el ser humano había llegado mediante la suma de los azares, el azar habría dejado sus huellas en sus productos: restos evolutivos y vestigios de antepasados y abuelos animales que ya no tendrían función en el cuerpo humano. Era como si Darwin hubiera abierto una puerta por la que sus seguidores se precipitaron a registrar y examinar el cuerpo humano parte por parte. ¿Buscando qué? ¡Buscando errores!

Hasta que el anatomista alemán y darwinista Robert Wiedersheim presentó en 1893 su lista de ochenta y seis órganos vestigiales del cuerpo humano sin utilidad. Para que comprendas, hermano, la magnitud de la ignorancia que los convirtió en objeto de burla: la lista incluía glándulas endocrinas como la hipófisis o glándula pituitaria y la glándula pineal, porque en aquella época no sabían nada de las glándulas endocrinas ni de las hormonas.

Su lógica era el argumento desde la ignorancia: «Ignoramos la función de este o aquel órgano del cuerpo humano; por tanto, no tiene función. Entonces tuvo que llegar por una vía evolutiva sin intención». Es el mismo método que usaron con los fósiles: ignoran los principios claros. Toda la perfección y creatividad del cuerpo no les importa; buscan cualquier paja a la que agarrarse.

Sin embargo, la ciencia avanzó y las funciones de esos órganos se descubrieron una a una. Ni las vértebras del cóccix son inútiles ni el apéndice está de más. La hipófisis, por ejemplo, controla la mayoría de las hormonas del cuerpo; quienes la llamaron «vestigial» morirían si la perdieran. Pasaron entonces a buscar órganos inútiles en otros seres, basándose en la suposición de que la naturaleza solo conserva lo necesario para sobrevivir. Es un razonamiento inadmisible: utiliza como premisa lo mismo que pretende demostrar. Nosotros creemos, en cambio, en un Creador que ha extendido la belleza por Su creación. Aunque algunos órganos no ayudaran a sobrevivir o a reproducirse, basta que ayuden a quienes no son necios a comprender que la belleza tiene un Creador.

Aun así, siguen buscando por todas partes, hasta en las constantes físicas del universo, ajustadas con una precisión que los asombra. Es como si dijeran: «¡Azar ciego, socórrenos con alguna huella tuya en cualquier rincón del universo!». Les responde el Libro de Dios: «Vuelve la vista: ¿acaso ves alguna falla? Luego vuelve la vista una y otra vez; tu mirada regresará a ti derrotada y exhausta» [Corán 67:3-4]. Busquen un error cuanto quieran.

Fracasaron bajo tierra y sobre ella, y pasaron a escudriñar el material genético con la esperanza de encontrar lo que buscaban. Personalmente, contemplar los extraordinarios mecanismos del material genético dentro del núcleo es una de las cosas que más me ha revelado la grandeza de Dios. Pero ocurre con los signos del universo lo mismo que con los versículos coránicos: «A quienes creen, les aumenta la fe y se alegran. En cambio, a quienes tienen una enfermedad en sus corazones, les aumenta la impureza sobre su impureza» [Corán 9:124-125].

La tercera prueba: el material genético (ADN)

Los amantes del mito dijeron: «¡La encontramos! Del material genético (ADN), solo una pequeña parte son genes activos; la mayor parte es “Junk”, es decir, basura sin función, restos de una evolución aleatoria. Si hubiera un Creador que creó al ser humano, ¿por qué pondría en él ADN basura?»

Después se descubrieron las numerosísimas funciones indispensables de ese ADN que antes llamaban «basura». Resultó ser una fuente de tesoros, como lo expresó el profesor Ewan Birney, responsable del proyecto ENCODE, que reunió a cuatrocientos genetistas. Quedó claro que la «basura» era, en realidad, la comprensión de los darwinistas y su manera de tratar la precisa creación de Dios. Entonces dijeron —te lo dice Dawkins—: «¡En absoluto, en absoluto! ¡Eso era exactamente lo que esperaba el darwinismo!». Es la obstinación al servicio del mito.

Explicaremos, si Dios quiere, en los próximos episodios sus afirmaciones falsas sobre el material genético: la proporción de semejanza entre el material genético del ser humano y el chimpancé, y la mentira de la fusión de los dos cromosomas, para que sepan cómo dañaron la ciencia, la razón y a sí mismos por el mito.

La cuarta prueba: la semejanza morfológica

La cuarta prueba, hermanos, en la que Darwin se apoyó mucho, es la existencia de algunas semejanzas morfológicas externas y semejanzas anatómicas entre ciertos seres vivos. Considerar la semejanza como prueba de una unidad de origen no es una premisa científica ni lógica. Para invalidar su significado basta el fenómeno de las fuertes semejanzas entre los animales placentarios y sus equivalentes marsupiales.

El animal placentario es aquel cuyo embrión completa su desarrollo en la placenta del útero. El marsupial, en cambio, completa su crecimiento en una bolsa, como el canguro. Según los darwinistas, los animales marsupiales se separaron de los placentarios en tiempos antiguos, de modo que cada uno desarrolló una forma de gestación, lactancia y sistemas internos muy distintos de los del otro. Por ello, por ejemplo, la ardilla placentaria está más próxima, en la ramificación, clasificación y árbol de parentesco evolutivo, a la ballena, el elefante, la gacela y todos los mamíferos placentarios conocidos que a su compañera, la ardilla marsupial. La ardilla marsupial está más cercana al canguro y al koala que a la ardilla placentaria que se le parece en apariencia. Y lo mismo puede decirse del lobo, el topo y los wombats placentarios y marsupiales, y de muchos otros...

¿Qué significa esto? Significa que la semejanza morfológica, externa, y la proximidad anatómica no tienen ninguna indicación evolutiva. Los animales semejantes en apariencia son muy distintos en sus sistemas fisiológicos y su gestación; y los fisiológicamente semejantes son muy distintos en sus formas.

¿Qué hicieron los darwinistas para salir de esta dificultad? Propusieron el modelo de evolución convergente (Convergent Evolution) o evolución paralela (Parallel Evolution). Nombres grandiosos, ¿verdad? Basta: como dimos un nombre al delirio, le concedimos legitimidad científica. ¡Pero un momento! ¡Esto destruye su teoría desde la base! No importa, hemos modificado la teoría y le hemos dado un nombre, conforme al principio: «Ponle un nombre y déjalo pasar». Recuérdenlo bien, hermanos, porque esto se repetirá mucho. ¿Un fenómeno invalida tu teoría? ¡No hay problema! Da a la teoría un nuevo nombre para hacer sentir al oyente que sabes que ese fenómeno existe, pero que no ves en él amenaza alguna para tu teoría; la has modificado y encontraste una solución. En realidad no encontraste ninguna solución: inventaste un nuevo nombre falso por el mito.

¿Cuál es la idea de la evolución convergente? Una idea cómica: las mutaciones aleatorias que crearon los organismos placentarios se repitieron con la misma aleatoriedad y detalle, y crearon organismos marsupiales al azar siguiendo el mismo camino, orden y organización, ¡aunque su número es incontable! ¡Sin comentarios!

Cuando les dicen: «Los descubrimientos modernos son desafíos para los que se puede modificar la teoría de la evolución y acomodarla sin criticar la estructura general de la teoría», hablan de modificaciones como estas: ajustes en el ojo de una aguja del mito para intentar introducir en él el vasto universo.

La quinta prueba: la semejanza embrionaria

En (1868), el zoólogo alemán Ernst Haeckel comenzó a publicar dibujos que afirmó haber observado al microscopio de embriones humanos y animales, mostrando gran semejanza entre ellos en etapas que decía tempranas del embarazo. Darwin se alegró de este descubrimiento y atribuyó a Haeckel el mérito de difundir la idea de la evolución en Alemania, como indica la Encyclopaedia Britannica.

Aunque la semejanza no demuestra en absoluto un origen común, también se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo, y Haeckel no era el único que tenía microscopio. Otros científicos cuestionaron sus dibujos y provocaron tal polémica que en 1909 tuvo que reconocer que contenían falsificaciones, en una carta a Allegemeine Zeitung. Incluso al reconocerlo mintió: afirmó que solo un pequeño porcentaje de sus imágenes, entre el seis y el ocho por ciento, estaba falseado y que lo había hecho para completar huecos ante la imposibilidad de obtener imágenes precisas y completas de los embriones.

Lo asombroso es que ha transcurrido cerca de un siglo y medio desde que se desenmascaró la mentira de Haeckel y se sigue reciclando incansablemente, tal cual, en miles de manuales escolares, universitarios y científicos, sin el menor pudor. Los títulos de las fuentes están en inglés: Biology, de Raven y Johnson; Biology, de Starr y Taggart; Evolutionary Biology, de Futuyma, y muchísimos otros…

Incluso el darwinista Stephen Gould dijo en su libro «Natural History»: «Deberíamos sentirnos sorprendidos y avergonzados por un siglo de reciclaje estúpido que ha llevado a la persistencia de estos dibujos en un gran número, si no en la mayoría, de los libros modernos».

Estos libros y referencias, hermanos, son los mismos de los que sale una edición cada año o cada dos años para actualizar la información. En nuestros cursos, consideramos una traición a la ciencia enseñar a nuestros estudiantes pautas terapéuticas, por ejemplo Guidelines de (2015), si existen pautas nuevas publicadas en (2018). Sin embargo, ellos mantienen una mentira cuyo olor se percibió hace mucho tiempo, por el mito.

Podemos preguntar: si la evolución es realmente el secreto de la vida, ¿por qué sus partidarios no encuentran más que mentiras y el reciclaje de mentiras para sostenerla? ¿Por qué aplican a ella el dicho de Joseph Goebbels, ministro de propaganda nazi: «Miente, miente y vuelve a mentir hasta que la gente te crea; después miente más hasta que tú mismo te creas»?

Cuando algunos hijos de los musulmanes repiten tristemente, como loros, que hay miles de pruebas de la evolución, hablan de pruebas de este tipo. Pero, por honestidad científica, queda por mencionar una sola línea de descubrimientos que sí concuerda con el darwinismo: los descubrimientos de Photoshop y de la fotografía cinematográfica de Hollywood, a los que recurrieron los darwinistas como recurre un fracasado a los alucinógenos para vivir su propio mundo ilusorio. Descubrimientos que tejen, a partir de unos pocos huesos, una criatura completa con grasa, carne, ojos, pelo y arrugas en el rostro, y luego normalizan el mito en los medios y en los programas de estudio para hacerte sentir que estás ante hechos históricos.

Imaginen a un joven que busca una chica con determinadas cualidades y no la encuentra. Tras años de búsqueda vuelve a casa, dibuja a la chica de sus sueños y le dedica palabras de amor a la imagen, lleno de pesar. La tarea de estos es más difícil: la chica de sus sueños es la cabra voladora. Recurrieron a Photoshop después de que todo el universo les gritara: «¡Fracasados!». No lograron sostener las patas derrumbadas de la mesa de Darwin, que soportaba una carga enorme: todos los seres vivos. Intentaron en vano tomar las observaciones del universo colocadas sobre la mesa y convertirlas en patas que la sostuvieran. Pero cada vez la ciencia correcta les quema las manos y les dice: «¡No lo intenten, fracasados! ¡Estas observaciones los refutan, no los respaldan!».

Quizá preguntes, hermano: si el mito de la evolución fracasa así ante la verdad más evidente del universo, que los seres vivos tienen un Creador dotado de conocimiento, ¿por qué convence a tantas personas? Ese será el tema de los próximos episodios. Recuerden que el mito de la evolución es un ejemplo de una cuestión más amplia: ¿cómo logran los sacerdotes de la pseudociencia lavar cerebros para destruir la creencia en las verdades más evidentes y convencer a la gente de los mitos más absurdos? Sigan con nosotros, hermanos. Que la paz sea con ustedes.


Fuente: Sitio oficial del Dr. Eyad Qunaibi.