Episodio 5 – Parte 2: ¿Anula el ateísmo la razón y la ciencia?
¿Puede el ateísmo fundamentar la confianza en la razón? Eyad Qunaibi continúa su análisis de los principios racionales, la verdad absoluta y la ciencia.
¿Cómo anula el ateísmo la razón y la ciencia? 2
El ateísmo y la negación de los principios racionales necesarios
Por eso preguntamos al ateo: si no existen los principios racionales necesarios, ¿cómo explicas que todos estén convencidos de ellos? Eso muestra que están profundamente arraigados en la mente. Además, tú y los demás actuáis conforme a ellos.
La perspectiva atea te responde diciendo: dado que el ser humano surgió por la evolución darwiniana, y que el motor de esta evolución es la selección natural y las mutaciones aleatorias que permiten al ser vivo vivir y sobrevivir, ¿qué garantiza que estas mutaciones nos hayan desarrollado mentes capaces de llegar a las verdades de las cosas? Más bien, estas mentes podrían engañarnos y hacer que algunas cuestiones nos parezcan axiomas racionales, aunque en realidad no sean más que una ilusión; nuestras mentes nos engañan para lograr nuestra supervivencia.
El ateísmo lleva así más allá de negar los principios racionales evidentes: pone en duda la fiabilidad de la propia razón. Si tu ateísmo admite que tu mente puede engañarte y no descubrir la verdad, ¿cómo puedes confiar en ella? Dices apoyarte en la razón, pero tu ateísmo cuestiona su credibilidad. Es como decir: «Creo a mi razón porque mi razón, cuya fiabilidad está en duda, me dice que la crea».
Este profundo problema sobre la credibilidad de la razón estuvo presente incluso en el propio Darwin, quien expresó su perplejidad e inquietud ante esta cuestión cuando dijo: “Siempre me asalta una duda horrible sobre si las convicciones de la mente humana, que a su vez se desarrolló a partir de las mentes de seres inferiores, tienen algún valor o merecen la menor confianza”.
Por eso resulta muy extraño que los ateos pretendan respetar la razón y acusen a los religiosos de despreciarla, cuando la realidad es que el ateísmo conduce, al final, a demoler la fiabilidad de la propia razón. El ateo nos reprocha nuestra fe en el Profeta, la paz y las bendiciones sean con él, quien fue conocido por su veracidad, aunque nosotros no construimos nuestra fe únicamente sobre su afirmación de que era el Mensajero de Dios, sino también sobre pruebas externas de su veracidad y de su profecía. Al mismo tiempo, el ateo cree a su razón, cuya credibilidad y capacidad de indicar la verdad están puestas en duda, solo porque su razón le dijo: créeme.
El ateísmo y la negación de las verdades absolutas
¿Cómo salió el ateísmo del problema de apoyarse en una mente que puede engañarse sobre la realidad? Respondió: «¿Quién dice que las cosas tengan una verdad absoluta de la que nuestra mente pueda apartarnos?». Según ellos, no existe tal realidad, sino la interpretación que hacen nuestros sentidos. Sería como un objeto sin color que cada persona pudiera ver a su manera, sin que nadie pudiera decir que otra se equivoca. Nadie podría afirmar que contradice «la verdad», pues esta sería un producto de la mente humana sin valor absoluto independiente de nosotros.
Veamos la diferencia entre verdad absoluta y relativa. «Absoluta» significa que es así por sí misma y no necesitamos añadir «para tal persona». Dibujamos, por ejemplo, una línea [aparece en pantalla] y alguien dice que son dos. Podemos decirle que se equivoca, porque contradice una verdad absoluta: hay una sola línea. En cambio, preguntar si un trazo se entiende [escritura en japonés] es algo relativo: quien sabe japonés lo entiende y quien no, no.
La cadena que comienza negando a Dios acaba considerando relativo todo. De ahí surgen expresiones como «nadie posee la verdad», «no hay verdad absoluta» o «la verdad es relativa». Para ellos lo es porque admitir una realidad absoluta exige aceptar leyes establecidas por alguien y principios racionales que alguien nos ha dispuesto a reconocer, como una programación. No quieren admitir nada de eso.
Algunos hijos de musulmanes repiten, sin embargo, «la verdad es relativa» en nombre de la apertura y la racionalidad, sin conocer sus bases ni sus consecuencias. A quien dice «nadie posee la verdad absoluta» le preguntamos: «¿Es verdadera tu afirmación?». Si responde que sí, admite verdades absolutas. Si dice «solo es verdad para mí», respondemos: «Para mí no lo es. ¿Por qué censuras entonces a quien discrepa, se aferra a verdades absolutas y lo consideras rígido?».
Las consecuencias del ateísmo en la comprensión de la revelación y la ciencia
Esa falta de firmeza, ese nihilismo y ese absurdo, hermanos, también favorecieron la idea del «texto abierto»: tratar la revelación como si no tuviera un sentido verdadero que el musulmán deba buscar y aplicar, sino una comprensión relativa en la que nadie puede decir que otro se equivoca.
Así se ven las consecuencias de negar las nueve expresiones clave de la premisa de la fe: Dios creó los cielos y la Tierra con verdad; estableció sabiamente leyes constantes y dotó al ser humano de una disposición innata que le permite reconocer principios racionales evidentes y necesarios, desde los que la razón descubre la realidad de las cosas.
Para el ateo no hay Dios y, por tanto, tampoco creación, sabiduría, leyes constantes, fitra, principios racionales, razón humana fiable, verdad absoluta ni resultados científicos fiables que permitan generalizar y formular leyes. Tampoco queda un lenguaje racional común: todo se desarticula. «No obedezcas a aquel cuyo corazón hemos hecho que se desentienda de Nuestro recuerdo, que sigue sus pasiones y cuya conducta es desmesurada» [La Caverna, 18:28].
Todo esto son consecuencias de comprometerse con la negación de Dios, exaltado sea. Quienes se detuvieron en alguno de los peldaños de esta caída no hicieron sino cerrar los ojos ante las implicaciones y consecuencias de su ateísmo, y contradecir sus propias creencias.
La fe en Dios es la base de la ciencia y el conocimiento
De lo anterior se desprende, hermanos, que ninguna verdad se sostiene sin creer en Dios, que posee la perfección absoluta y puso en nosotros verdades absolutas que no alcanzamos por nosotros mismos. Así entendemos la profunda afirmación de los sabios: «Conocer a Dios es el fundamento del conocimiento de todo lo demás».
Quien no reconoce a Dios no puede fundamentar de manera demostrativa una teoría coherente del conocimiento. Este es el sentido de las palabras de Ibn al-Qayyim: negar al Hacedor del universo, reconocido por la razón y la disposición innata, equivale a negar el conocimiento. Para las mentes puras y luminosas y las disposiciones sanas, inferir lo creado a partir del Creador es incluso más evidente que hacerlo al revés.
Ibn al-Qayyim añadió: «Oí al shayj al-islam Taqi ad-Din Ibn Taymiyya decir: “¿Cómo buscas una prueba de Aquel que es prueba de todo?”. Solía citar estos versos: Nada sería válido para la mente si hasta el día necesitara una prueba».
Este episodio ayuda también a responder la pregunta del anterior: demostramos que el ser humano reconoce de forma innata al Creador, pero ¿implica eso necesariamente que exista? Hoy hemos mostrado las consecuencias de negar las evidencias innatas que cada uno encuentra necesariamente en sí mismo. Así comprendemos por qué el valor absoluto supremo del islam es la verdad, sin la que no se sostienen cielos ni Tierra, y comprendemos Sus palabras: «¿No ves a quienes discuten sobre los signos de Dios? ¡Cómo se apartan!» [El Perdonador, 40:69]. Es como si Dios preguntara: ¿no ves a qué destino llegan quienes se obstinan ante Sus signos del universo y de la revelación, y por qué valles de confusión y extravío vagan?
Conclusión
Así hemos examinado cómo la programación innata de los principios racionales indica la existencia de Dios. En los próximos episodios trataremos otras pruebas innatas, si Dios quiere. Que la paz y la misericordia de Dios sean con ustedes.